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viernes, 20 de marzo de 2015
domingo, 15 de marzo de 2015
El caracter sagrado del dinero. Sobre la publicación del libro La Economía Sagrada de Charles Eisenstein
Economía Sagrada — Introducción
Por Charles Eisenstein
Traductor: Carlos Nagel
https://www.facebook.com/pages/Charles-Eisenstein/
http://charleseisenstein.net/
Traductor: Carlos Nagel
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Introducción
El propósito de este libro es lograr que el dinero y la economía humana sean tan sagrados, como todo lo demás en el universo.
Hoy asociamos el dinero con lo profano, y por buenas razones. Si algo es sagrado en este mundo, seguramente no es el dinero. El dinero parece ser el enemigo de nuestros mejores instintos, como se hace evidente cada vez que la idea de “no puedo permitirme el lujo de” impide un impulso hacia la bondad o la generosidad. El dinero parece ser el enemigo de la belleza, como el término despectivo “vende patrias” demuestra. El dinero parece ser el enemigo de toda reforma social y política digna, cuando el poder corporativo guía la legislación hacia el engrandecimiento de sus propios beneficios. El dinero parece estar destruyendo la tierra, conforme saqueamos los océanos, los bosques, el suelo, y cada una de las especies para nutrir una codicia que no tiene fin.
Desde el momento en que Jesús echó a los cambistas del templo, tenemos la sensación de que hay algo profano en el dinero. Cuando los políticos buscan el dinero en vez del bien público, los llamamos corruptos. Adjetivos como “sucio” y “mugroso” describen de manera natural el dinero. Se supone que los monjes tienen poco que ver con este: “No podéis servir a Dios ya a Mammón”.”
Al mismo tiempo, nadie puede negar que el dinero también tiene con una cualidad misteriosa, mágica, el poder de alterar el comportamiento humano y coordinar la actividad humana. Desde tiempos antiguos los pensadores se han maravillado de la capacidad de una simple marca pueda conferir este poder a un disco de metal o a una hoja de papel. Por desgracia, observando al mundo que nos rodea, es difícil evitar la conclusión de que la magia del dinero es una magia negra.
Obviamente, si hemos de hacer del dinero algo sagrado, nada menos que una completa revolución del dinero será suficiente, una transformación de su naturaleza esencial. No es sólo nuestra actitud hacia el dinero que debe cambiar, como algunos gurús de autoayuda nos quieren hacer creer, sino que crearemos nuevos tipos de dinero que encarnan y refuerzan un cambio de actitud. La Economía Sagrada describe ese dinero nuevo y la nueva economía que se aglutinan en torno a ella. También explora la metamorfosis de la identidad humana que es tanto una causa como una consecuencia de la transformación del dinero. Los cambios de actitud de los cuales hablo llegan a la parte medular de lo que es ser humano: incluyen la comprensión del propósito de la vida, el papel de la humanidad en el planeta, la relación del individuo con la comunidad humana y natural; incluso lo que es ser un individuo, un yo. Después de todo, experimentamos al dinero (y propiedad) como una extensión de nosotros mismos, por lo que el pronombre posesivo “mío” que lo describe, es el mismo pronombre que utilizamos para identificar a nuestros brazos y nuestra cabeza. Mi dinero, mi coche, mi mano, mi hígado. Considerar también el sentido de violación que sentimos cuando nos roban o despojan como si se hubiera tomado una parte de nosotros mismos.
Una transformación de lo profano a la santidad del dinero, algo tan profundamente parte de nuestra identidad, algo tan fundamental para el funcionamiento del mundo, en realidad tendría efectos profundos. Pero ¿qué significa que el dinero, o cualquier otra cosa, sea sagrado? Es en un sentido estricto lo contrario de lo que termino sagrado ha llegado a significar. Durante miles de años, los conceptos de lo sagrado, santo y divino se han atribuido cada vez más a algo separado de la naturaleza, del mundo y la carne. Hace tres o cuatro mil años los dioses iniciaron una migración desde los lagos, bosques, ríos, y montañas hacia el cielo, convirtiéndose en los amos imperiales de la naturaleza en lugar de su esencia. A medida que la divinidad se ha separado de la naturaleza, así también llego a convertirse en pecado involucrase demasiado en los asuntos del mundo. El ser humano pasó de ser una viva alma encarnada en una envoltura profana, a un mero receptáculo del espíritu, que culmino en la observación Cartesiana de la conciencia como observadora del mundo, pero no participante en ella, y el de Newton – Dios como relojero – haciendo lo mismo. Ser divino era ser sobrenatural, no material. Si Dios participaba en el mundo en alguna forma, era por medio de milagros, intercesiones divinas que violaban o sustituían las leyes de la naturaleza.
Paradójicamente, esta cosa separada, abstracta, llamada espíritu, es lo que se supone supone que anima al mundo. Pregúntele a la persona religiosa lo que cambia cuando una persona muere, y ella dirá que el alma ha abandonado el cuerpo. Pregúntele que hace caer la lluvia y soplar al viento, y ella dirá que es Dios. Sin duda, Galileo y Newton parecían haber eliminado a Dios de los funcionamientos cotidianos del mundo, explicando que el mudo era como un reloj de una enorme máquina de una fuerza y masa impersonal, pero aún así sigue siendo necesario que exista un relojero para darle cuerda al principio, para imbuir al universo con la energía potencial que lo ha hecho funcionar desde entonces. Este concepto permanece hoy en día con nosotros como el Big Bang, un acontecimiento primordial que es la fuente de la “entropía negativa”, que permite el movimiento y la vida. En cualquier caso, la noción de nuestra cultura de espíritu es el de algo separado y que no es parte de este mundo, que milagrosamente aún puede intervenir en los asuntos materiales, y que incluso anima los y dirige de alguna manera misteriosa.
Paradójicamente, esta cosa separada, abstracta, llamada espíritu, es lo que se supone supone que anima al mundo. Pregúntele a la persona religiosa lo que cambia cuando una persona muere, y ella dirá que el alma ha abandonado el cuerpo. Pregúntele que hace caer la lluvia y soplar al viento, y ella dirá que es Dios. Sin duda, Galileo y Newton parecían haber eliminado a Dios de los funcionamientos cotidianos del mundo, explicando que el mudo era como un reloj de una enorme máquina de una fuerza y masa impersonal, pero aún así sigue siendo necesario que exista un relojero para darle cuerda al principio, para imbuir al universo con la energía potencial que lo ha hecho funcionar desde entonces. Este concepto permanece hoy en día con nosotros como el Big Bang, un acontecimiento primordial que es la fuente de la “entropía negativa”, que permite el movimiento y la vida. En cualquier caso, la noción de nuestra cultura de espíritu es el de algo separado y que no es parte de este mundo, que milagrosamente aún puede intervenir en los asuntos materiales, y que incluso anima los y dirige de alguna manera misteriosa.
Es sumamente irónico y muy significativo que lo único en el planeta más parecido a este concepto, que renuncia a lo divino, es el dinero. Es una fuerza invisible, inmortal, que rodea y dirige todas las cosas, omnipotente y sin límites, una “mano invisible” que, se dice, hace funcionar a todo el mundo. No obstante, el dinero hoy en día es una abstracción, cuando mucho, solo símbolos en una hoja de papel, pero generalmente sólo símbolos en una computadora. Existe en un reino muy lejos de lo material. En ese ámbito, está libre de las leyes más importantes de la naturaleza, ya que no se descompone y vuelve a la tierra como todo lo demás, pero en cambio se conserva , inmutable, en sus bóvedas y los archivos de computadoras, incluso cada vez mayor con el tiempo gracias a los intereses. Lleva propiedades de preservación eterna y el aumento eterno, los cuales son profundamente antinaturales. La sustancia natural que mas se aproxima a estas propiedades es el oro, que no se oxida, mancha, o descompone. En épocas tempranas, el oro fue utilizado, como dinero y como una metáfora para el alma divina, que es incorruptible e inmutable.
La propiedad divina del dinero como abstracción, de desvinculación con el mundo real de las cosas, llegó a su extremo en los primeros años del siglo XXI cuando la economía financiera perdió su amarre en la economía real y tomó vida propia. Las grandes fortunas de Wall Street son ajenas a cualquier producción material, aparentemente existen en un reino independiente.
Observando desde las alturas del Olimpo, los financieros se llaman a sí mismos “amos del universo”, canalizando el poder del dios que sirvió para llevar a la fortuna o a la ruina de las masas, para, literalmente, mover montañas, arrasar bosques, cambiar el curso de los ríos, lograr el auge y la caída de naciones. Pero pronto el dinero demostró ser un dios caprichoso. Mientras escribo estas palabras, parece que los rituales cada vez más frenético que el sacerdocio financiero utiliza para aplacar a los dioses del dinero son en vano. Al igual que el clero de una religión moribunda, exhorta a sus seguidores a mayores sacrificios mientras culpan de sus desgracias, ya sea al pecado (los banqueros codiciosos, los consumidores irresponsables) o a los caprichos misteriosos de Dios (los mercados financieros). No obstante, algunos ya están culpando a los propios sacerdotes.
Lo que llamamos recesión, una cultura anterior podría haberlo llamado “Dios abandonando el mundo.” El dinero está desapareciendo, y con ella otra propiedad del espíritu: la fuerza que anima el reino de los humanos. Al redactar esta líneas, en todo el mundo las máquinas están ociosas. Las fábricas están paralizadas, equipos de construcción se encuentran abandonadas en el campo, se están cerrando parques y bibliotecas, y millones están hambrientos y sin hogar, mientras que las viviendas están desocupadas y se la comida se pudre en los almacenes. No obstante, todavía existen todos los insumos humanos y materiales para construir las casas, distribuir los alimentos, y operar las fábricas. Es más bien algo inmaterial, el espíritu de animación, que ha fallado. Lo que se ha ido es el dinero. Eso es lo único que falta, por lo insustancial (en forma de electrones en las computadoras) que difícilmente se puede decir que existe, sin embargo, tan poderoso que, sin ello, la productividad humana se detiene. Así, en lo individual, podemos observar los efectos desmotivadores de la falta de dinero. Considere el estereotipo del hombre desempleado, casi en quiebra, encorvado frente al televisor, en camiseta, bebiendo una cerveza, y casi sin poder levantarse de su silla. El dinero, al parecer, anima a las personas, al igual que a las máquinas. Sin el estamos desanimados.
No nos damos cuenta que nuestro concepto de lo divino ha atraído a un dios que se ajusta a ese concepto, y le ha dado la soberanía sobre la tierra. Al divorciar al alma de la carne, el espíritu de la materia, y a Dios de la naturaleza, hemos instalado un poder dominante que es impersonal y controlador, impío, y no natural. Así que, cuando hablo de convertir el dinero en algo sagrado, no estoy invocando un agente sobrenatural para infundir santidad en los objetos inermes, mundanos de la naturaleza. Más bien estoy remontándome a una época anterior, un tiempo antes del divorcio de la materia y el espíritu, cuando lo sagrado era endémico a todas las cosas.
¿Y qué es lo sagrado? Tiene dos aspectos: la singularidad y la relación. Un objeto o ser sagrado es uno que es especial, único, inigualable. Por lo tanto, infinitamente apreciado, es insustituible. No tiene equivalente, y por lo tanto su valor no se puede medir ya que el valor sólo puede ser determinado por comparación. El dinero, como todo tipo de medida, es una norma de comparación.
Único como lo es, lo sagrado es, no obstante inseparable de todo lo que participo en hacerlo, desde su historia, y el lugar que ocupa en la matriz de todo lo que es. Usted podría estar pensando ahora que todas las cosas y todas las relaciones realmente son sagradas. Eso puede ser cierto, pero aunque podemos creerlo intelectualmente, no siempre lo sentimos. Algunas cosas las sentimos como sagradas y otros no. Aquellas que si, las llamamos sagradas, y su propósito es en última instancia, recordarnos el carácter sagrado de todas las cosas.
Hoy en día vivimos en un mundo que ha sido despojado de su carácter sagrado, por lo que muy pocas cosas en realidad nos dan la sensación de vivir en un mundo sagrado. Bienes producidos en masa, estandarizados, casas en serie, paquetes de alimentos idénticos, y las relaciones anónimas con con funcionarios institucionales, todo niega lo especial del mundo. El origen remoto de nuestras cosas, el anonimato de nuestras relaciones, y la falta de consecuencias visibles en la producción y la eliminación de nuestros productos todos niegan su relación. Así, vivimos sin la experiencia de lo sagrado. Por supuesto, de todas las cosas que niegan la único y lo especial, el dinero es el principal. La sola idea de una moneda se originó en la meta de la normalización, por lo que cada dracma, stater cada shekel, y cada yuan serían funcionalmente idénticos. Por otra parte, como un medio universal y abstracto de cambio, el dinero está divorciado de sus orígenes, de su conexión a la materia. Un dólar es el mismo dólar no importa quién se lo dio. Consideraríamos infantil a alguien si coloca una suma de dinero en el banco y al retirarlo un mes más tarde se quejara “Oye, este no es el mismo dinero que deposité! Estos billetes son diferentes!”
De manera automática, entonces, una vida metalizada es una vida profana, ya que las cosas que compra el dinero carecen de las propiedades de lo sagrado. ¿Cuál es la diferencia entre un tomate del supermercado y uno cultivado en el jardín del vecino y que me ha sido obsequiado? ¿Cual es la diferencia entre una casa prefabricada y una construida con mi propia participación por alguien que me entienda a mi y a mi vida? Todas Las diferencias esenciales surgen de las relaciones específicas que incorporan la singularidad del donante y el receptor. Cuando la vida está repleta de tales cosas, hechas con esmero, conectados por una red de historias de personas y lugares que conocemos, es una vida rica y nutrida. Hoy en día vivimos bajo una avalancha donde todo es igual, impersonal. Incluso los productos hechos a la medida, producidos en masa, ofrecen sólo unas permutaciones de los mismo bloques de construcción estándar. Esta uniformidad adormece al alma y degrada la vida.
La presencia de lo sagrado es como regresar a un hogar que siempre estuvo ahí, y una verdad que siempre ha existido. Puede suceder cuando observo un insecto o una planta, escuchar una sinfonía de cantos de aves o las llamadas de ranas, palpar el barro entre los dedos de los pies, observar un objeto bien elaborado, aprehender la imposible complejidad coordinada de una célula o de un ecosistema, ser testigo de una sincronicidad o símbolo en mi vida, ver felices al juego de los niños, o ser afectado por la obra de un genio. Extraordinarias como son estas experiencias, no son en ningún sentido separadas del resto de la vida. De hecho, su poder proviene de la visión que dan de un mundo más real, un mundo sagrado que subyace e se compenetra con el nuestro.
¿Qué es esta “casa que siempre estuvo ahí”, esa “verdad que siempre ha existido”? Es la verdad de la unidad o la vinculación de todas las cosas, y la sensación es la de participar en algo más grande que uno mismo, y que no obstante, también es uno mismo. En ecología, este es el principio de interdependencia: que todos los seres dependen para su supervivencia de la red de otros seres que los rodean y que en última instancia se extiende hasta abarcar todo el planeta. La extinción de una especie disminuye nuestra integridad, nuestra salud, nuestro propio ser, se pierde algo de nuestro ser.
Si lo sagrado es la puerta de entrada a la unidad subyacente de todas las cosas,
también es una puerta de entrada a la singularidad y especialidad de cada cosa.
Un objeto sagrado es único en su clase, conlleva una esencia única que no puede reducirse a un conjunto de cualidades genéricas, esa es la razón por que la ciencia reduccionista parece robarle al mundo de su carácter sagrado, ya que todo se convierte en una u otra combinación de un puñado de conjuntos genéricos. Esta concepción refleja nuestro sistema económico, de por si consiste principalmente de los productos básicos estandarizados, genéricos, las descripciones de puestos, procesos, datos, entradas y salidas, y lo mas genérico de todo – el dinero, la abstracción elemental, en épocas anteriores no fue así. Pueblos indígenas y tribales se vieron, no como un miembro de una categoría, sino como un individuo único, espiritual. Incluso se pensaba que las rocas, las nubes y gotas de agua, aparentemente idénticas, eran seres sensibles, únicos. Los productos de la mano humana eran únicos, así, expresando su origen por medio de sus características e irregularidades. Aquí estaba la relación entre las dos cualidades de la conexión sagrada, y la singularidad: objetos únicos conservan la marca de su origen, su lugar único en la gran matriz del ser, su dependencia del resto de la creación por su existencia. Los Objetos estandarizados, las materias primas, son uniformes y por lo tanto, desvinculados de una relación.
En este libro describiré la visión de un sistema monetario y una economía, que es sagrada, que representa la interrelación y la singularidad de todas las cosas. Ya no será separada, de hecho o de percepción, de la matriz natural que la sustenta. Reúne a los desvinculados reinos de los derechos humanos y la naturaleza, que es una extensión de la ecología, que obedece a todas sus leyes y lleva toda su belleza.
Dentro de cada una de las instituciones de nuestra civilización, no importa lo feo o lo corrupto, esta el germen de algo hermoso: la misma nota en una octava superior. El dinero no es la excepción. Su propósito original es simplemente conectar a los dones humanos con las necesidades humanas, para que todos podamos vivir una mayor abundancia. Cómo ha llegado el dinero a generar escasez y no la abundancia, la separación en lugar de la vinculación, es uno de los hilos de este libro. No obstante, a pesar de en lo que se ha convertido, en la idea original del dinero como un agente del obsequio, podemos vislumbrar lo que, un día, lo hará sagrado otra vez. Reconocemos el intercambio de obsequios como un acontecimiento sagrado, por lo que instintivamente hacemos una ceremonia el regado dado. Axial que, el dinero sagrado, será una forma de dar, un medio para dotar a la economía mundial con el espíritu del don que rige las culturas tribales y sus pueblos, y aún lo hacen hoy en todo sitio donde la gente hace algo por los demás fuera de la economía monetaria.
Economía Sagrada describe este futuro y también describe una forma práctica de llegar. Hace mucho tiempo me cansé de leer libros que criticaban algunos aspectos de nuestra sociedad, sin ofrecer una alternativa positiva. Luego me canse de los libros que ofrecían una alternativa positiva que parecía imposible de alcanzar: “. Tenemos que reducir las emisiones de carbono en un 90 por ciento”. Después me cansé de libros que ofrecen una posible manera de llegar a ella, pero sin describir lo que yo, personalmente, podría hacer para crearlo. La Economía Sagrada opera en los cuatro niveles: ofrece un análisis fundamental de lo que ha ido mal con el dinero; describe un mundo más hermoso basado en un tipo diferente de dinero y economía; explica las acciones colectivas necesarias para crear ese mundo y los medios por lo que estas acciones pueden ocurrir; y explora las dimensiones personales de la transformación del mundo, el cambio de identidad y ser que yo llamo “vivir en el don.”
La transformación del dinero no es una panacea para los males del mundo, ni debe tener prioridad sobre otras áreas de activismo. Un mero reordenamiento de símbolos en las computadoras no elimina la devastación real, material y social que afligen a nuestro planeta. No obstante, el trabajo de saneamiento en cualquier otro campo desarrollar todo su potencial sin una transformación correspondiente del dinero, que tan profundamente esta entrelazado en nuestras instituciones sociales y los hábitos de vida. Los cambios económicos que describo son parte de un vasto , amplio cambio que no dejará sin tocar ningún aspecto de la vida.
La humanidad está comenzando a despertar a la verdadera magnitud de la crisis que enfrentamos. Si la transformación económica que se describe parece milagrosa, es porque nada menos que un milagro ser necesita para sanar nuestro mundo. En todos los ámbitos – desde el dinero hasta el saneamiento ecológico, hasta la política, hasta la tecnología, hasta la medicina, – necesitamos soluciones que exceden los límites de lo actualmente posible. Afortunadamente, en la medida que se desmorona el viejo mundo, nuestro conocimiento de lo que es posible se expande y con esto se expande nuestra valentía y nuestra voluntad de acción. La convergencia actual de crisis – en dinero, energía, educación, salud, agua, suelo, clima, política, medio ambiente, y mucho más – es una crisis de nacimiento, la expulsión de nosotros desde el viejo mundo hacia uno nuevo. Inevitablemente, esta crisis invade nuestras vidas personales, nuestro mundo se desmorona, y nosotros también nacemos en un mundo nuevo, una nueva identidad. Esto es por qué tantas personas sienten una dimensión espiritual en esta crisis planetaria, incluso con la crisis económica. Tenemos la sensación de que lo “normal” no regresara, que nacemos dentro de una nueva normalidad: un nuevo tipo de sociedad, una nueva relación con la tierra, una nueva experiencia del ser humano.
Yo dedico todo mi trabajo a un mundo más hermoso nuestros corazones nos dice que es posible. Digo nuestros “corazones”, porque nuestras mentes a veces nos dice que no es posible. Nuestras mentes dudan de que las cosas jamás sean muy diferentes de lo que la experiencia nos ha enseñado. Es posible que sientan un cinismo, desprecio o la desesperación a medida que lean mi descripción de una economía sagrada. Puede que Usted pudiera desdeñar mis palabras, como irremediablemente idealista. De hecho, yo mismo tuve la tentación de reducir el tono de mi descripción, para que fuera más plausible,
más responsable, más en línea con nuestras bajas expectativas de lo que la vida y el mundo pueden ser. No obstante, tal atenuación, no habría sido la verdad. Yo hablare, empleando las herramientas de la mente, lo que está en mi corazón. En mi corazón sé que es posible crear una economía y una sociedad tan bella – y de hecho cualquier logro menor es indigno de nosotros. ¿Estamos tan quebrados que aspiraríamos a algo menos que un mundo sagrado?
jueves, 12 de marzo de 2015
La psicología es un arte y no una ciencia (y por qué es importante la diferencia)
EL PSICOANÁLISIS Y LA PSICOLOGÍA TIENEN EN SU ORIGEN UNA INSPIRACIÓN Y UNA PENETRACIÓN ARTÍSTICA Y ESTO ES LO QUE LAS HACE TAN VALIOSAS, NO LA MIMESIS CIENTÍFICA.
POR: ALEJANDRO MARTINEZ GALLARDO - 05/03/2015 A LAS 11:03:55
Revisando publicaciones científicas y el propio zeitgeist de nuestra cultura uno podría pensar que la psicología ha logrado establecerse como una ciencia, una ciencia suave y un tanto controversial si se quiere, pero coexistiendo en la misma arena que algunas de las ciencias más exactas. Esto es probablemente el resultado del arduo trabajo de los psicólogos que han sentido una enorme presión para legitimar su conocimiento y agenciarse el prestigio y la aceptación que supone producir conocimiento científico en nuestra sociedad. Esta presión fue sentida por Freud, cuyo trabajo en un principio fue recibido con hostilidad por los médicos de su época (sus colegas), lo cual lo llevó, en defensa propia, a buscar proyectar el rigor y la repetibilidad que se asocia con la ciencia al psicoanálisis. En el caso de Jung algo similar ocurrió, especialmente porque el médico suizo al interesarse por temas que el mismo Freud consideró demasiado pantanosos y que la ciencia hoy sigue considerando como pseudocientíficos –la sincronicidad, la alquimia, la astrología, etc.– creyó imperativo proceder de la manera más rigurosa posible, clasificando y ordenando la profundidad de suyo insondable de la psique bajo ciertos modelos que aspiran a ser un prototipo de la ciencia del ser o de la ciencia del alma.
A este proceder meticuloso de las dos grandes figuras del psicoanálisis –especialmente de Freud que asoma una teoría suficientemente plausible de la naturaleza humana– le debemos que la psicología sea tomada con tanta seriedad y sea parte del canon del conocimiento humano, sin que esto signifique que exista un consenso. A su vez la psicología se ha diferenciado del psicoanálisis intentando hacer ciencia social, midiendo comportamientos y creando predicciones, desarrollando ramas como la psicobiología y la psicología evolutiva entre otras. Las cuales producen conocimientos sumamente interesantes pero están más cerca de la neurociencia y la sociología y van en contra del significado original, la tradición y la esencia de la psicología (que significa primero el estudio del alma). Lo que hizo revolucionario, por así decirlo, y lo más notable y revelador del psicoanálisis no viene de su acercamiento científico a la mente, sino de su imaginación y su intuición, de su acercamiento mitopoético a la psique. Su profundidad está enraizada en el arte, es una forma de percibir la profundidad de las cosas; más allá de la fisiología, los mitos y deseos que animan nuestros comportamientos. Y en este aspecto de la percepción, Freud y Jung más que acercarse al espíritu científico de su época se remontaron a un principio imaginativo, que podemos encontrar entre los poetas románticos o los filósofos presocráticos que, como si fueran chamanes, lo mismo hacían filosofía y ciencia que arte y religión. El psicoanálisis, que los psicólogos modernos desprecian por alejarse de la ciencia, es en realidad, por acercarse al arte, la disciplina que más se acerca a la psicología en su naturaleza más profunda.
Lo anterior se vuelve más claro al leer la entrevista de Freud que publicó Giovanni Papini en 1934, citada por James Hillman en su libro Healing Fiction:
Todos piensan que me mantengo por el carácter científico de mi trabajo y que mi principal alcance yace en la curación de enfermedades mentales. Eso es un error terrible que ha prevalecido a lo largo de los años y que no he logrado corregir. Soy un científico por necesidad y no por vocación. En realidad soy un artista por naturaleza… Y de esto hay una prueba irrefutable: que en todos los países en los que ha penetrado el psicoanálisis ha sido mejor entendido y aplicado por escritores y artistas que médicos. Mis libros, en realidad, más semejan obras de la imaginación que tratados de patología.
Freud así confiesa que detrás de su apariencia de doctor yace su esencia de artista y se incluye en la tradición de Mallarme, Zola y Goethe (“mi viejo maestro”). Para muchos la atracción del psicoanálisis es que llevaba el terreno incierto, subjetivo y polisémico de la psique a una explicación, a una causa profunda. Doble atracción, porque la causa estaba oculta, como en un misterio, yacía comúnmente en el inconsciente y en la infancia. Pero Freud se veía así mismo más como un novelista o una mezcla de novelista e investigador de aquello “que no puede aclararse” y que “penetra en lo desconocido”, como escribió el mismo Freud sobre los límites epistemológicos de la interpretación de los sueños. Heráclito hace unos 2500 años escribió: “No puedes descubrir los límites del alma, incluso si viajaras por todos los caminos para hacerlo; tan profundo es su significado”. No se puede hacer ciencia con aquello que es inconmensurable.
Freud estaba inventando un nuevo género, nos dice James Hillman, una mezcla entre “ficción y casuística y siempre desde ahí en la historia de nuestro campo, estos son inseparables; la historia de nuestros casos es una forma de escribir ficción”. El psicoanálisis, la llamada “cura hablada”, no cura (cuando cura) porque encuentre la causa definitiva de nuestras psicopatologías, cura porque nos hace habitar en la ficción, nos hace sensibles al poder liberador de la ficción. Utiliza la imaginación a nuestro favor –que desata la creatividad libidinal-, nos remite a historias significativas en las que nuestra vida se vuelve parte del arco dramático de la poética aristotélica, a veces llegando a la catarsis (algo como la sublimación freudiana). La ficción, concebir nuestra vida como una historia –actuando mitos y arquetipos– la dota de un sentido poético, de un significado profundo. Esto es lo más valioso del psicoanálisis –más importante que curar o no una psicopatología–, darle profundidad a la existencia, mayor riqueza y resonancia a nuestras experiencias, crear el contexto para que la mente se vincule con la historia y sea parte de una historia poética.
Lo importante a tomar en cuenta aquí no es emplear un mayor rigor en la clasificación de la psicología y por lo tanto expulsar a la psicología de la ciencia, demarcando claramente los límites de su saber, como algunos científicos más duros han debatido en numerosos artículos. Lo importante es regresarle a la psicología su esencia artística e imaginativa, ya que la materia prima de la psique son las imágenes y es la naturaleza del arte tratar con imágenes, más que la ciencia. Casi podríamos pensar en la psicología como una nodriza de las artes, una especie de hermana de Mnemósine (la memoria y la imaginación van de la mano); en su estudio y conocimiento, un sustrato de creatividad e inspiración. Y así concebir a la mente bajo una base poética. Esta sería la culminación del arte psicológico, una poética de la mente o una disciplina de hacer alma en el mundo.
Esto no sólo es una visión estética del mundo, tiene también un componente práctico, o mejor dicho la estética tiene en este sentido una posible dimensión ética. Evidentemente la psiquiatría no es lo mismo que la psicología o el psicoanálisis –y hay ciertos casos extremos donde su aplicación farmacológica parece indicada– pero al tratar con la psique, con la región del alma y de la imaginación, quizás debería de considerar un acercamiento más suave e imaginativo, más cercano a los mitos y fantasías y emociones que muevan a la psique. Esta es la intuición fundamental de Jung, por ejemplo, quien se formó como psiquiatra pero trató a sus pacientes activando su imaginación, pidiéndoles que materializaran sus sueños y visiones en mandalas y guiándolos a decodificar los símbolos y arquetipos de su inconsciente para integrar su “sombra”. En vez de suprimir los síntomas con agresivos medicamentos, dejar que la creatividad de la psique surja y se cure a sí misma.
Tal vez el rigor se llega a convertir en rigidez en el caso de los tratamientos psiquiátricos que afrontan la diversidad y las tensiones inherentes de la mente humana con una misma fórmula, una misma pastilla orientada a suprimir las enfermedades mentales, en las que, como creía Jung, se ocultan los dioses de la antigüedad, y son manifestaciones de la profundidad, de la ficción poética del individuo. “Los elementos de la imaginación, a diferencia de los elementos de la ciencia, son necesariamente polivalentes”, dice Hillman. Los padecimientos, sueños, fantasías, obsesiones, complejos y patologías de la psique son siempre algo más, son metáforas y tal vez por eso se resisten a ser tratados de manera literal. Es por eso tal vez que los tratamientos ortodoxos, siguiendo al pie de la letra el manual de la psiquiatría moderna, son tan poco efectivos. Para tratar al alma se necesita de alma –y la ciencia sostiene haber refutado su existencia, ya que sólo lo físico es real–; para hablar en el lenguaje de la fantasía y la imaginación se necesita arte. Vivimos en un mundo en el que cada vez hay más enfermos mentales –esto es un hecho científicamente comprobable, a razón de que es la psicología haciéndose pasar por ciencia la que define a una persona como enfermo mental y cada semana descubre una nueva psicopatología–; cada vez más personas deprimidas, esquizofrénicas, bipolares, con déficit de atención, etcétera, como consecuencia de la aplicación del método científico a la psique. Y es que el alma tiene razones que la razón no entiende.
miércoles, 18 de febrero de 2015
EL TRABAJO DIGNIFICA. Por: Nicolas Tamayo
Cuando
trabajar es sinónimo de largas jornadas, bajos salarios, actividades sin
sentido, cuando se trabaja para alimentar fortunas ajenas y en actividades que
matan la creatividad, a esa sociedad le conviene sobrevalorar el trabajo, le
conviene sobrevalorar el acto de trabajar en sí, sin importar el sentido de ese
trabajo, ni su impacto social, ni la satisfacción que ofrece o las
posibilidades de realización que nos puede dar.
Creo
que tenemos las prioridades cambiadas. Como dice una frase por ahí:
“gastamos dinero que no tenemos, en cosas que no necesitamos para impresionar a
gente que no nos importa”. Muchos de nosotros hemos trabajado realizando
actividades repetitivas, de plano aburridas, y lo que es peor, sin sentido.
Ese
último punto a mí me parece central: el sentido. Hemos perdido, o por lo menos
olvidado, que nuestro hacer tiene que estar dirigido por un sentido. Sentido
que puede ser libremente elegido, y que es ideal responda a intereses que nos
mantengan sanos, intereses que le aporten vida a la vida, tanto a nivel
personal como colectivo.
Muchas
veces incluso usamos el trabajo como una excusa, una excusa para no ocuparnos
de lo que sabemos que tenemos que hacer, de aquello que es primordial. En esos
casos extremos usamos justificaciones como “no tengo tiempo”, “tengo que
cumplir con mi jefe” “mi trabajo es más importante” “mi trabajo es lo que me
permite pagar mis gastos” (gastos excesivos e inútiles en la mayoría de los
casos).
Es
cierto que estoy generalizando, pero por lo menos en algún grado cada uno de
nosotros se ha visto influido por esta concepción cultural que tenemos sobre el
trabajo. Por el simple hecho de haber visto trabajar (en exceso) a nuestros
padres y abuelos, por habitar en una sociedad donde todo gira entorno al
sagrado trabajo, hemos absorbido una forma de plantearnos esta parte importante
de nuestras vidas: nuestro hacer.
Nuestro
hacer debería estar íntimamente relacionado con nuestro ser, debería derivarse
de nuestro ser. Pero como el mismo trabajo no nos deja tiempo para indagar en
los misterios de nuestro ser ¿Cómo vamos a lograr vislumbrar que nuestra
actividad laboral esta a veces muy lejos de lo que somos?
Suena
casi paranoico, pero es como si a nuestra sociedad le conviniera producir
trabajadores responsables, productivos, obedientes y sumisos. Curiosamente a
veces el más responsable con su trabajo es el más irresponsable en cuanto a su
salud, familia y vida personal se refiere.
Quizás
sea momento de empezar a cuestionarnos estas cosas, de empezar a ser nosotros
los que guíen el sentido de las actividades que hacemos. El trabajo, la
disciplina y el esfuerzo son realmente productivos cuando hacemos algo que nos
motiva y nos llena de energía. El trabajo duro, bien orientado, está más cerca
de eso que llamamos pasión, que de eso que llamamos stress.
Es
tiempo de dejar de traBAJAR y empezar a traSUBIR
Blog de Nicolas Tamayo: https://elcaballogriego.wordpress.com
martes, 17 de febrero de 2015
EL ABUSO MATERNO:EL NIÑO COMO FRUTO CODICIADO. Por: Laura Gutman
Si no hemos sido suficientemente amados ni nutridos por nuestra madre…creceremos con la esperanza permanente de que alguien nos alimente. A medida que vamos encarando relaciones personales durante la juventud o adultez, funcionarán siempre y cuando el otro satisfaga nuestras necesidades infantiles no satisfechas en el pasado, valga la redundancia. Por ejemplo, me enamoré de Fulano porque me daba seguridad. Me gustó Mengana porque yo era lo más importante en su vida. Esta ilusión, basada en que el otro se va a convertir en una Madre Dadora, suele ser el pulso básico en la mayoría de las relaciones afectivas. ¿Por qué? Porque todos nosotros provenimos de lamentables infancias de carencias diversas.
La cosa se complica cuando nace un niño. Si a ese niño le ha tocado una madre como cualquiera de nosotras, es decir, alguien que necesita alimentarse de amor y que padece hambre emocional, ese niño será el bocado perfecto. La criatura aparece cuando las demás personas (pareja, amigos/as, familiares) ya no están dispuestos a seguir respondiendo a nuestras demandas insaciables. Se van. Trabajan. Hacen su vida. ¿De quien podemos nutrirnos entonces? De nuestro/a hijo/a, claro. El niño no puede escapar. ¿a dónde va a ir?. Si las madres precisamos que nuestro hijo nos mire, nos admire, nos dé la razón, nos cuide, nos proteja, nos justifique, nos comprenda y nos haga sentir orgullosas…la criatura, por supuesto, lo hará. Ya que no hay nada más importante en la vida de un niño pequeño, que su madre.
Este es el mayor drama, a mi juicio. El niño -que debería llegar al mundo para ser protegido y amparado por nosotras, sus madres- apenas sea capaz, se verá obligado a proteger nuestros aspectos más infantiles. ¿Cómo lo sabemos? Evoquemos nuestras infancias. Es muy probable que recordemos con lujo de detalles los anhelos de mamá, las preocupaciones de mamá, las quejas de mamá, los sueños inalcanzables de mamá. ¿qué recordamos de nosotros mismos? Casi nada. O aquello que mamá ha dicho respecto a nuestras conductas. Si mamá sufría, si mamá no tenía plata, si papá le pegaba, si a mamá la engañaban, si a mamá la habían criado las monjas, si la abuela paterna era una bruja, si papá no la dejaba trabajar; o bien, si mamá tenía que trabajar mucho, si nunca tenía tiempo para nosotros, si se sacrificaba, si viajaba, si su vida era muy dura, si había tenido un aborto, si sufría depresiones, si estaba enferma….quedaba establecido que nosotros teníamos que apoyarla. ¿Cuál era el problema? Que hemos crecido en un ámbito en el cual no pudimos desplegar nuestros propios deseos, porque los de mamá inundaron todo el espacio disponible.
Este panorama, suele ser similar tanto si se trata de hijos varones como de hijas mujeres. Estamos hablando de abuso emocional materno. El abuso materno suele ser invisible y confuso. Es preciso reconocer si hemos sido succionados por nuestra madre, para comprender los niveles de desvitalización, sometimiento, falta de vocación o distancia respecto a nuestras potencialidades. Y para registrar la dimensión de nuestro hambre emocional y saber si estamos devorando a un otro.
Laura Gutman http://www.lauragutman.com.ar/
lunes, 16 de febrero de 2015
EL HOMBRE SIMPLE . Por: Nicolas Tamayo
Una
vida con sentido suele ser una vida simple, una vida descomplicada. Lo simple
está cerca de lo natural. Las complicaciones, los adornos, las ideas inventadas
suelen ser un obstáculo entre el observador y lo observado, constituyen un velo
que nos impide ver la naturaleza de las cosas, que nos impide ver las
relaciones entre quien observa y lo observado (que son la misma cosa)
Una
vida simple es posible. Vivir de manera sencilla es muy fácil, lo complicado es
tomar la decisión de hacerlo. Es difícil porque hay que vencer la fuerza de la
costumbre, se requiere una gran inversión de tiempo y energía inicial para
romper la estaticidad y ampliar la mirada. Soltar algo suele costarnos más que
mantenerlo.
Nos
gustan nuestros vicios, nuestras rutinas, nuestras drogas, nuestros sucedáneos
de vida. Nos gustan porque nos identificamos con ellos, terminamos creyendo que
somos eso, que somos lo que somos gracias a que escucho cierta música, gracias
a que estudié cierta carrera, gracias a que tengo cierto trabajo y cierto
estatus. Pero la verdad es que todo eso es accesorio. No estoy diciendo que sea
inútil, sino que lo “inútil”, lo que termina pesando, es la creencia que nos
hace apegarnos a todo eso tomándolo por lo único y lo más importante.
Una
persona que vive de manera simple usa el mundo, usa los accesorios, pero sabe
que no son él/ella. Sabe que puede dejar de usarlos en cualquier momento, y que
lo que ES seguirá intacto, siempre vivo y fresco. Puede dejar que le quiten los
accesorios, y probablemente no se opondrá a perder algo que sabe que no le
pertenece de todas formas. Esto es lo que nos cuesta.
Blog de Nicolas Tamayo: https://elcaballogriego.wordpress.com
martes, 13 de enero de 2015
VICTIMAS INVISIBLES. Por: Enara Amarillo
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| Image by: Christian Guntoft |
Como mujer llevo toda mi
vida escuchando como avanza la lucha por los derechos de las mujeres en esta
cultura y como los hombres lo tienen todo, lo difícil que nos toca a nosotras y
como ellos supuestamente son seres plenos que pueden arrasar con todo, violentar,
abusar, tienen derecho a ser victimarios y como tales deben reparar
continuamente una herida que han creado en la sociedad patriarcal que por azar
los favorece y están en deuda con nosotras.
En realidad, el hombre de
la cultura patriarcal no es un hombre realizado, rozagante de triunfo y feliz, es
un hombre que esta al igual que la mujer en un mundo que poco permite la
introspección profunda, es un hombre que sufre en soledad el cumplir con el
papel de machito o la masculinidad que se le permita socialmente, soporta burlas
a su sensibilidad o el simple silencio de querer cambiar y no tener el coraje
para perder el amor mal entendido que exigimos las mujeres porque queremos y
pedimos un hombre que orbite nuestras necesidades que nos tenga en cuenta siempre
a pesar de sí mismo; el hombre del patriarcado esta invisiblemente de rodillas
ante la mujer sea para agredirla o reivindicarla, sea para amarla u odiarla y
esto gracias al arquetipo materno que en esta sociedad es intocable, incuestionable,
desafortunadamente un arquetipo poco sano, una santa sin sexo, virgen que solo merece
flores y alabanzas, es un pecado hablar mal de la mamá o tratar de cuestionarla
esto conlleva un gran castigo pasivo y más aún si eres hombre, porque la madre
siempre es santa así su hijo sea un hijo de puta.
El hombre de la cultura
patriarcal esta frustrado al igual que la mujer, solo que su frustración no es
manifiesta en quejas, se vive en expansionismo, en abuso, agresividad y poder,
porque como un niño bravo se aprovecha de su pequeña cuota de poder para
expresar su frustración y hacer miserables a otros. El hombre sumiso que baja
las estrellas, que canta canciones de amor a su princesa, que hace todo lo que
ella quiere esta igual de frustrado que el abusador y odia de igual manera a
las mujeres porque no puede ser él mismo, es para y por el amor mal entendido
de las mujeres y espera de ellas todo, el abusador escupe y esa es su manera de
reclamar el amor, al igual que aquel que se rinde a los pies de la reina madre
esperando que ella le supla todo el amor que le falto, ambos igual de
misóginos, ambos igual de violentos.
El hombre de hoy es un
hombre que desea participar en los roles “femeninos”, la paternidad, por
ejemplo, se trata como algo de segunda mano, la mujer es dueña del hijo, si es
cierto que hay una conexión profunda entre madre e hijo y también ese hijo
existe gracias al espermatozoide del hombre, gracias al amor y el placer que da
el hombre, este también tiene derecho a decidir qué hacer con su hijo, que
darle, a tomar decisiones sobre el parto y la forma de nacimiento, a participar
activamente en la crianza e inclusive en una decisión de aborto, pues no es
solo el cuerpo de la mujer, es una unión que produce vida y su derecho como
hombre y padre es también soportar a la mujer y a su hijo, si es verdad que hoy
los hombres están mucho más involucrados en estas labores, más sin embargo la
educación en los primeros años esta entregada a las mujeres, los jardines
infantiles en su mayoría son dirigidos y atendidos por mujeres y ellos cumplen
labores secundarias; los hombres son necesarios en esta etapa (y en todas) no
solo la contención de muchas madres hacen la armonía sino la protección y el
terreno que abre lo masculino es necesario para el crecimiento de la humanidad
y ese proceso no podemos hacerlo, ni darlo solo las mujeres.
El hombre de hoy también
ha sufrido al igual que muchas niñas y mujeres el abandono del padre, la
invasión psíquica de la madre, la estigmatización de género, el abuso de
familias donde las mujeres se quedan solas o han sufrido los estragos del
patriarcado y ellos inconscientemente y por amor mal entendido tratan de
compensar fallidamente su falta. A pesar de todas
sus carencias y al igual que nosotras, el hombre está pidiendo a gritos que lo
dejemos sembrar en el mundo, arar el terreno para crear la vida y armonizar
este desastre porque al igual que la mujer tiene instinto y funciona, funciona muy bien y es tan certero como el instinto brujildo de la mujer. El hombre
también tiene la necesidad de desarrollar su sabiduría instintiva, de encontrar
su chamanismo, tiene necesidad de abrir campo a su desarrollo total y al de la
mujer porque ninguno puede estar en armonía si esta en competencia con el otro.
El patriarcado oprime el
ser, no solo a la mujer y al hombre, oprime todo lo que no pertenezca a la
mente racional tangible, nos sume en una vida ridícula e incompleta, que adula
y antepone la disociación del ser humano ante la completud y desarrollo de la
humanidad; hace que la normalidad sea externa y que se pierda el ritmo propio y
la autoregulación para anteponer la anormalidad normalizada que mantiene la
materia como fin de la realización y la felicidad.
En el patriarcado todos
mujeres y hombres estamos incompletos, todos estamos con un ala coja que busca
reponerse a la herida infantil que nos dejó el abandono de nosotros mismos, una
cadena de generaciones en degeneración donde tejimos una red de sexismo y
guerra de géneros, donde olvidamos lo que está frente a nuestras narices y en
años de lucha socio política no hemos logrado ponerle fin a esta locura, porque
se nos escapa lo esencial, nuestro vacío ontológico, la incapacidad aprendida
donde nuestra voz se calla y se pierde para darle vida a la lógica de lo ilógico,
el mundo al revés parece ser un camino correcto y querer la integración de la
humanidad en todas sus facetas parece utopía y locura, divididos como mujeres y
hombres buscando igualdad para seguir expandiendo una onda de locura de
depredación de humanos y diferencias superfluas que nos hacen cómplices en la
destrucción y enemigos en el progreso
jueves, 8 de enero de 2015
Perspectiva del Psicoanálisis: EMBARAZO Y PARTO.
El embarazo y parto constituyen un episodio normal de la vida procreativa femenina, por lo que podría suponerse que transcurren en la mujer sana sin mayores molestias. Pero, en realidad, en nuestra sociedad hasta hace poco no ocurría así, sino por el contrario, los trastornos del embarazo, los dolores, dificultades y angustias del parto son tan frecuentes que se los consideraba como fenómenos normales y casi inevitables. Sin embargo, un examen psicológico más profundo nos revela que estos trastornos provienen de conflictos psicológicos y de identificaciones con otras mujeres ya trastornadas en su feminidad.
Este hecho ha sido observado a fondo en tratamientos psicoanalíticos. Helene Deutsch lo interpreta como consecuencia de una doble identificación. La mujer encinta se identifica con el feto, reviviendo así su propia vida intrauterina. Además, el feto representa para el inconsciente de la mujer embarazada a su propia madre y especialmente a su superyó materno, y así su relación ambivalente con la madre es revivida con su hijo futuro.
Según Helene Deutsch existe una doble identificación en que la mujer encinta vive su embarazo. Si se identifica con el feto, proyecta sobre él su propia voracidad infantil, sus deseos de la primera infancia de comer a la madre. Cuando el feto representa a su madre, cuya venganza oral teme, es experimentado como algo angustiante y destructor que ella lleva dentro. En el temor de tantas mujeres embarazadas de dar a luz un monstruo, un ser anormal, ellas expresan que juzgan sus propios deseos infantiles como monstruosos, que en sus fantasías exigentes frente a sus madres se comportaron como monstruos.
“En los sueños, el feto toma a veces la representación de un cangrejo (el feto las destruye con la misma crueldad y falta de consideración con que ellas querían destruir a sus madres) o de una araña (es otra representación de la niña pequeñita y deseosa de succionar a la madre; o de ésta, que la sorbió en su primera infancia por medio del hambre que le hacía sentir)”
El miedo de dar a luz un monstruo proviene también del temor a los propios sentimientos destructivos contra el hijo, representante del marido, de uno de los padres o de un hermano, pero siempre de algo que para el inconsciente pertenece a la propia madre. Cuando hablamos de esterilidad, expuse que la mujer puede interpretarlo como un castigo impuesto por su madre.
En contraste con eso, la mujer embarazada que teme ser destruida por el fetoexperimenta a menudo el embarazo como una trampa peligrosa tendida por su madre, y el mismo embarazo se convierte también en castigo. A esto la embarazada suele reaccionar con intentos semiconscientes de abortar, seguidos por un intenso sentimiento de culpa. Cuando hablamos de esterilidad, expuse que la mujer puede interpretarlo como un castigo impuesto por su madre.
Para que se produzca, pero continúe lleno de trastornos, deben existir dos tendencias opuestas que entren en conflicto. La causa fundamental por la cual la mujer desea tener un hijo es biológica. Su instinto maternal exige esta gratificación directa. Ya expuse por qué creo justificado hablar de tal instinto. Pero como el instinto sexual lleva al enamoramiento, y los enamorados satisfacen en su unión, junto con su apetito sexual, determinadas necesidades psicológicas, el instinto maternal, como parte integrante de la sexualidad femenina, gratifica a través de su realización múltiples deseos de la mujer: Desea un hijo porque esto significa recuperar a su propia madre y también porque le permite identificarse con ella. También anhela un hijo para comprobar su propia fertilidad.
El deseo de un hijo puede corresponder a su deseo infantil de regalar un niño a su padre. El feto puede representar para su inconsciente el pene anhelado. Desde luego, en su deseo de maternidad influyen también causas más conscientes o más racionales. Puede anhelar un hijo para revivir su propia infancia en él o para darle precisamente lo que ella no tuvo. Puede desear un hijo por rivalidad con las demás mujeres, o para retener a su marido o por necesidad de status o por cualquier otra causa actual. Pero, en el fondo, el deseo de la mujer de dar a luz un hijo, proviene de su necesidad psicobiológica de desarrollar todas sus capacidades latentes
Hay mujeres que logran esta finalidad sin mayores dificultades, y otras que están en conflicto con su feminidad. Este conflicto podría formularse también como provocado por dos corrientes diferentes de fantasías inconscientes: Las primeras pertenecen a la posición esquizo-paranoide y las segundas a la posición depresiva, ambas descritas por Melanie Klein.
Albergar el pene, el semen o el feto dentro de ella, significa entonces para la mujer haber robado algo que pertenece a la madre, significa ganarle y triunfar sobre ella. Por eso mismo implica el peligro de castigo y de su destrucción. Entonces la salvación consiste en negarlo todo – frigidez- o en esconderse de la madre o aun de desprenderse de un embarazo robado. Pero estos temores paranoides entran en conflicto con el deseo de reparar (posición depresiva) a través de su propio embarazo y parto feliz a la madre destruida, de devolverle lo robado a través de un hijo sano y de dar la fe de esta manera, tanto de su bondad y tolerancia, como de la bondad e integridad del propio cuerpo.
En la mujer estéril e infértil prevalecen los temores paranoides. Por eso erige según su estructura personal diferentes barreras contra la incorporación del pene y del semen o el albergar el feto dentro de ella. La barrera más superficial, a la cual la mujer que teme el embarazo puede recurrir, es la fobia a la desfloración y, cuando ésta haya sido vencida, el vaginismo. La frigidez es otro intento de defensa, aunque de carácter fantástico. La mujer frígida, al no sentir el acto sexual, espera eludir sus consecuencias peligrosas.
Otras recurren al trastorno hormonal, y de esta manera anulan pasajeramente su feminidad, que se ha vuelto peligrosa. El espasmo de las trompas es la defensa más íntima y primitiva contra la fecundación. Detrás de su disfraz histérico no percibe la actitud autista de cortar toda comunicación con un mundo hostil. La mujer estéril se embaraza impulsada por su necesidad de reparación. Pero mientras el niño crece dentro de ella, siente que su perseguidor, que atacará desde adentro todo lo bueno que contiene, crece también. Impresiona a menudo la intensidad de angustia que sienten muchas mujeres al principio de un embarazo deseado conscientemente. Si la angustia se vuele intolerable, intentarán liberarse del feto persecutorio por todos los medios a su alcance. Vi dos mujeres lograr la interrupción de sus embarazos, por indicación psiquiátrica, una tercera que logró lo mismo a través de sus vómitos incoercibles y dos que prácticamente destruyeron el embrión por la fuerza de su ansiedad.
La angustia provocada por el feto que crece y crece consiste en el aborto, en la expulsión prematura del perseguidor, que ocurre a menudo, sin poder ser frenada por ninguna medida preventiva o mediación. Pero si el conflicto frente al embarazo es menos intenso y despierta menor ansiedad, sus manifestaciones serán más inofensivas. La más frecuente es de carácter oral y consiste en náuseas, vómitos y antojos. Otro síntoma frecuente, de carácter anal, es el estreñimiento. Surge el interrogante de si la gran frecuencia de estos dos tipos de síntomas puede explicarse por los cambios fisiológicos que la mujer sufre durante su embarazo, o si las tensiones psíquicas provocadas por el embarazo tienden a descargarse por determinada conversión.
Estas teorías están de acuerdo con las etapas libidinosos por las cuales atraviesa el niño. Más tarde sucumben a la represión, pero se mantienen inalterables en el inconsciente. La teoría más frecuente, que por lo demás se encuentra también en muchos mitos y en las creencias de pueblos primitivos, es que la mujer se embaraza por haber comido algo. Este algo simboliza generalmente el pene. Por otra parte, el niño reprime su conocimiento de la existencia de la vagina, confundiéndola con el ano. Por eso y por sus propias sensaciones y vivencias durante la defecación supone que la criatura es expulsada por el ano y la equipara a un excremento. Parece que los trastornos más frecuentes de la gestación, los vómitos y el estreñimiento, se producen por la persistencia en el inconsciente de esta fantasía infantil.
Sostiene que, mientras la hiperémesis significa un rechazo de la gestación, en el antojo se expresa un deseo de afirmación del embarazo y una repetición simbólica de la concepción. Según Helene Deutsch, la embarazada reacciona durante los primeros meses del embarazo frente al feto con ambivalencia oral, y trata de expulsarlo con los vómitos y reincorporarlo con los antojos.
Otra causa, a mi juicio, sería que las angustias de la mujer embarazada provienen en gran parte de sus frustraciones orales y de su desconfianza y resentimiento oral hacia la madre. Además, la embarazada, en su identificación con el feto, vive una profunda regresión a la primera infancia, y por ello en sus trastornos ocurre a los mecanismos por los cuales ya el lactante rechaza lo que le es desagradable o nocivo, es decir, los vómitos y la diarrea. También en el antojo, que es un hambre incontenible, se expresa una conducta sumamente infantil. El rechazo oral de la embarazada se desplaza a veces también sobre otros órganos, por ejemplo, el tracto respiratorio.
Vimos que la mujer embarazada necesita amparo y protección, porque sufre una regresión parcial. Su estado despierta sus angustias tempranas y principalmente las ligadas a la relación con su madre. A menudo la teme porque siente al niño como robado a ella. En otros casos, se puede observar la conducta contraria, de gran apego y sometimiento a la madre. Es otra forma de elaborar el mismo problema. Las tendencias favorables y adversas al embarazo entran en conflicto y se manifiestan en el plano psicológico y psicosomático, provocando angustias y trastornos típicos. Entre estos últimos los más frecuentes son de tipo oral y anal.
La hiperémesis y el antojo significan un intento inconsciente e irracional de abortar por vía oral y la defensa contra este deseo. En la diarrea y el estreñimiento el intento de aborto y la defensa se desarrollan en el plano anal y adquieren más gravedad para la prosecución del embarazo. En el aborto real, las tendencias inconscientes hostiles al embarazo son tan fuertes que salen victoriosas, actuando sobre los órganos adecuados. Un embarazo difícil es, pues, indicio de conflictos. Pero la ausencia de trastornos en sí no es prueba de una aceptación gozosa y libre del embarazo. Aquí se presenta el mismo planteo que con respecto a la actitud de la mujer frente a la menstruación.
La mujer normal no sufre por su regla, ni se siente inferiorizada por este estado. Pero también la mujer que se viriliza por temor a su feminidad a menudo no se resiente por la menstruación, porque logra ignorarla y la acepta porque calma sus angustias y dudas.
Existen pacientes que en el fondo muy angustiada por su embarazo, intentan negarlo, desplazando sus temores y dudas sobre problemas aparentemente eróticos y de enamoramiento. La rapidez de su parto, que podría parecer un desarrollo ideal de un proceso fisiológico complicado, fue la consecuencia de una situación neurótica.
Pero aunque no exista embarazo exento de angustia y conflicto, justo por el gran cambio y logro que implica, normalmente va acompañado por un gran sentimiento de felicidad. La mujer se siente serena y tranquila, identificada con su ideal de madre y con su hijo bien protegido por ella. Vive, en este estado, la unión más íntima que pueda existir entre dos seres. Desde que nació, por primera vez no está más sola. Es difícil traducir en palabras esta sensación de dar y recibir amparo y amor.
Dar a luz está considerado en cada cultura en forma distinta, como experiencia que puede ser peligrosa o dolorosa, interesante y satisfactoria o importante, pero acompañada de ciertos riesgos. Margaret Mead sostiene que este enfoque tiene poco que ver con los peligros y seguridades reales que se den a la mujer en este trance, como, por ejemplo, en nuestra sociedad, donde la estadística demuestra que los peligros del parto son mínimos. Dice: “Que el parto sea considerado como una situación en que la mujer arriesga su vida o en la cual se adquiere un hijo o un nuevo estado social o derecho al cielo, no tiene que ver con las estadísticas de mortalidad materna, sino que depende del enfoque frente al parto. El argumento de que el fondo biológico del proceso del parto influya mucho más en la conducta instintiva de la mujer que la actitud y las experiencias de su ambiente choca con la gran variedad de conceptos sobre el parto. No se puede argumentar que dar a luz sea tanto un dolor intolerable como tolerable al mismo tiempo, tanto una situación que la mujer naturalmente teme con toda su alma como una situación hacia la cual la mujer naturalmente se acerca dispuesta y feliz, tanto un peligro que tiene que ser evitado, como un cumplimiento deseado con fervor. Hay que admitir que parte de estas actitudes deben considerarse como algo adquirido, y tomando en cuenta nuestros conocimientos actuales, parece más justificado suponer que la actitud de ambos sexos frente al parto contiene elementos complejos y contradictorios, y que cada sociedad puede tomar como molde una u otra, a veces hasta una serie de actitudes opuestas entre sí”.
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